Categorías
PERIODISMO Y NO FICCIÓN

Leal, mirón de una ciudad desnuda*

Foto: Internet

Contar una ciudad. Desnudarla. Encontrar su poesía. Quizá sea ese el gran aporte de Eusebio Leal, el hombre que anda La Habana con cautela, sin prisas, como quien busca en ella, a cada instante, algo más. La ha descubierto con pasos de enamorado sobre la piel pavimentada hasta llegar a su corazón, garganta y vísceras. El ojo no ha sido el de un historiador cualquiera, sino el de un voyeur que le descifra los huesos, las várices, las úlceras, y también la sonrisa. El ojo de quien se ha ganado, «por sus aportes a la historiografía cubana», el Premio Nacional de Ciencias Sociales 2016.

Cuesta creer que ese voyeur ilustre, capaz de hablarle al oído durante horas, capaz de enamorarla con palabras complejas, haya obtenido el sexto grado en sus calles, a los tardíos 16 años. Cuesta creer que el hombre impoluto, que ahora viste de traje y es aclamado por universidades para entregarle títulos Honoris Causa, haya emprendido su viaje de forma autodidacta.

No ha sido sencillo, claro. Como retrata en el libro de estampas Fiñes (Editorial Boloña), la historia comenzó a partir de su infancia en La Habana, en las calles mil veces recorridas, en cada maravilla descubierta por su mirada de niño lleno de asombros, que siempre nos recuerda que el Caribe es realismo mágico.

En esta isla vio aflorar cosas que hoy nos parecen muy naturales, pero antes se juzgaban obras de magia: el hielo, el circo, la televisión. «Un día descubrí que los niños reservaban un tesoro más importante (que juguetes como un león de cartón, un arco, una flecha)», escribió luego Leal, en referencia directa a aquellas «obras de magia».

«Había un cuarto donde existía una biblioteca infantil. Y allí estaban los maravillosos tomitos que disfruté leyendo sobre el frío del suelo, antes de ir a la biblioteca pública de la Sociedad Económica de Amigos del País, no sin antes pasar por el misterioso portón, cubierto por el florido jazmín de cinco hojas, en la casa de Alfredo Ornedo, a quien esperábamos todas las tardes los fiñes para pedirle aquella especie de tributo que el que fue pobre alguna vez quería dar a los niños del barrio. Se abría el portón, pasaba aquel hombre de tez trigueña y pelo blanco, traje gris listado, y nos iba entregando los medios (cinco centavos) republicanos envueltos en un paquetico que todavía recuerdo…».

Más tarde, su predecesor Emilio Roig empezó a confiarle los secretos de La Habana cuando lo acogió entre los jóvenes interesados por la historia. Ello le abrió el camino para estudiar, en la Colina universitaria, la Licenciatura que lo llevaría a convertirse, varios años después, en historiador de la ciudad.

Eusebio ha hecho honor al título, pero no de una forma estridente. Lo ha estado haciendo desde la libertad de las sombras porque, cuando se apaga el Sol en la ciudad, se encienden los edificios, las alamedas y los parques restaurados por él y su equipo, bajo el sello de la Oficina del Historiador.

Sin embargo, inútil sería, sin insistir en su construcción simbólica de bienes culturales, exaltar los logros en materia cultural del también Maestro en Ciencias Arqueológicas y en Estudios sobre América Latina, el Caribe y Cuba. Si deslumbrante resulta la obra de restauración y conservación del patrimonio citadino que transformó a La Habana en Ciudad Maravilla 2016, insoslayable ha sido, por muchos años, la voz que cuenta La Habana y todos escuchamos.

Asimismo están los libros de Eusebio. Regresar en el tiempoDetén el paso, caminanteVerba Volant y, especialmente, el proyecto presentado entre la Oficina del Historiador de La Habana y Google hace muy poco tiempo: un documental sobre José Martí en 3D.

Eso no es todo, por supuesto… una vida y obra tan amplia y sólida no puede ser escrutada en unos pocos párrafos. Su hoja de vida está en internet para verificar fechas, premios, homenajes. Seguramente allí pueden leerse su trayectoria, sus cargos públicos e, incluso, una sarta de referencias tomadas de entrevistas, programas televisivos, artículos y libros.

Lo que no dirán es que Eusebio, miembro de la Academia Cubana de la Lengua, ha tenido una especie de llave mágica para abrir la ciudad y, desde muy adentro, observarla. Como un voyeur que no quiere violar algo sagrado, pero al propio tiempo adivina, con visión entrenada, lo más intrincado de sus cavidades. Como un Mirón (griego) frente a la ciudad desnuda que, a través del Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas, distingue «una obra vital en la restauración y la historiografía del patrimonio cultural cubano».

Foto: Roberto Suárez

*Texto publicado originalmente en Juventud Rebelde

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar