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PERIODISMO Y NO FICCIÓN

Yomer Montejo, el artista cubano de los rayos X*

Yomer Montejo: el artista de los rayos XObra presentada en 2008. Foto: Cortesía del entrevistado.

Frente a la pieza (una cadena de peces que dan idea de ola), Bryn Oranrod y Fanny Deroff, dos turistas británicos, se detienen.

Es única —dice Bryan en alta voz antes de comprarla—, sin sospechar que cuando Yomer Montejo entró por primera vez a un cubículo de Imagenología no le pasó por la cabeza la idea de transformar negativos clínicos en arte, ni mucho menos exponerlos en París.

El camagüeyano graduado de la escuela de artesanía Pablo de la Torriente Brau fue uno de los tantos jóvenes cubanos que respondieron a un llamado masivo de la Salud Pública para estudiar durante seis meses especialidades médicas que luego impartirían en Venezuela.

“Comencé a estudiar Imagenología —cuenta Yomer. Era un curso masivo en toda la Isla y la idea era que cuando estuviéramos bien preparados nos mandaran a Venezuela para impartir cursos allá. Empecé a trabajar, realicé mis prácticas y entré a la Universidad para continuar estudios”.

Fue en ese período cuando se le ocurrió combinar lo clínico con lo artístico que había aprendido en la enseñanza media, y se lanzó a hacer un proyecto fotográfico con el soporte de rayos X.

“Como tenía una base artística, en mis tiempos libres me ponía a experimentar con los negativos que se emplean en la especialidad de Imagenología, que son similares a los de la fotografía tradicional. Propuse el proyecto en mi entorno académico durante un Fórum científico a fin de salirme un poco de lo clínico y mostrar nuevas formas de ver en esta manifestación.

“En el 2008, en un evento de arte erótico, presenté mi primera pieza en este soporte, similar a como se ve en un departamento de rayos X: una caja de luz donde se pone el negativo (la radiografía) para dar el diagnóstico. Eran dos humanos besándose. Al año siguiente me presenté en un evento de promoción de arte hecho por jóvenes en la galería Teodoro Ramos; allí exhibí otra obra con las mismas características y obtuve un premio y, en el 2010, participé en el Salón de Arte Digital y me reconocieron con una mención. Así mi idea fue madurando y pensé en realizar una serie, inspirada en amistades y situaciones equis. La nombré Desgastes y, a través de diez imágenes, traté el desgaste del cuerpo humano, con sus virtudes y defectos. Esta serie la presenté por primera vez en una galería en Arroyo Naranjo”, cuenta el artista.

Ha sorteado el dilema ético que supone para un trabajador de la salud operar con materiales clínicos para otros efectos, en este caso artísticos. Luego de un período de trabajo, decidió abandonar el policlínico y dedicarse por completo a este formato artístico que nadie más explora en Cuba.

Aunque ser el único constituye un elemento a su favor, Yomer convive con un inconveniente: debe presentar sus ideas en instituciones clínicas porque es imposible realizar las imágenes en un entorno creativo personal, por falta de recursos tecnológicos.

“Les llevo una idea concreta de lo que quiero y arrancamos con el proceso, clínica y creativamente hablando. Como todo proceso artístico, parte de una idea, realizo bocetos, pero tiene más que ver con lo conceptual: objetos o personas que muestro con lo que me brinda el negativo de rayos x; una imagen poco definida, rayo-opaca mediante la cual se puede discursar.

“Es el mismo proceso de rayos X clínico, con una sensibilidad especial a la luz y resulta similar a la técnica fotográfica desde sus inicios, con rollos, pasados por líquidos para fijar y revelar las imágenes”, dice.

Pero cómo puede un artista cubano, bajo estas circunstancias especiales de trabajo, agenciarse materiales y permisos para el uso de cubículos hospitalarios con fines extraclínicos, en un país donde la salud es gratuita y resulta una prioridad de Estado. Haber sido parte del sistema de salud cubano le abrió las puertas a Yomer, es cierto. No obstante, la sensación de estar al margen de la legalidad, es inevitable, ya que no hay un sitio donde él pueda comprar los materiales necesarios para desplegar su arte y tiene que hacerlo al amparo de la Salud Pública.

“Las imágenes han sido hechas en departamentos destinados para el uso clínico; pero no con pacientes que iban a ´tirarse una placa`, sino con persona(je)s y objetos que yo llevaba después de presentar las propuestas y debatir ideas con ellos, en su mayoría amigos”, dice.

—¿Cómo procediste con piezas complejas como la cadena de peces que simulan el ADN?

—Para eso llevé un pez; esa pieza es del 2013 y habla de procesos de la naturaleza, son peces en cadena que dan la idea de una ola. En general, yo llevo a la persona u objeto al cubículo de rayos X, a partir de la idea que quiero transmitir.

Foto: Cortesía del entrevistado.

“Muchas de mis imágenes tienen como contenido mi experiencia personal y la de amigos. El proceso es muy artesanal, una herramienta de la cual yo me apropio para transmitir pensamientos míos y ajenos. Mi intención —expresa Yomer— es profundizar, ver por dentro, más allá, por eso me identifico con la radiografía”.

Para profundizar, paradójicamente, su creación ha trascendido esta técnica tan peculiar. En los últimos tiempos se ha oxigenado con la pintura, cuyo motivo central ha sido un personaje que pudiera llamarse “el aborigen del siglo XXI”.

—¿Te has inspirado en algún personaje indígena cubano?

—No. De esta serie, creo, lo más interesante es que se trata de un personaje que se adecua a la contemporaneidad cubana, y a la vez funciona como respuesta a lo que estamos viviendo con respecto a la tecnología. Doy un mensaje irónico; el aborigen está como inocente en medio de todo esto: aviones, cruceros; y a la vez forma parte de ello. No me interesa hacer una obra de carácter lúdico o bello, sino de reflexión. He sentido que la gente se siente identificada con eso.

Foto: de la autora.

A este aborigen, así como a sus personajes de rayos X, Yomer los ha llevado a los terrenos del diseño y el mershandising o micromercadotecnia, ventajosa por su presentación activa del producto o servicio utilizando una amplia variedad de mecanismos como la colocación y presentación, que lo hacen más atractivo. De ahí que este artista exponga sus obras en aretes y jabas, lo cual “tiene como objetivo dejar un recuerdo de la obra pero de forma utilitaria, no como un cuadro que lo pones en la pared, sino que lo utilizas y, a la vez, te dice algo”, sostiene con seriedad y, a la vez, con cierta poesía que parece inherente a lo largo del diálogo.

Yomer tiene aspecto desenfadado y lleva siempre una cámara al hombro. Quizás sea la huella que lo identifica como miembro del desaparecido grupo de jóvenes artistas visuales bautizado como F-8. Con este grupo, formado en su mayoría por autodidactas, se presentó en la Bienal de La Habana en el 2012.  Ahora, como parte del proyecto cultural José Martí, con sede en Prado y Neptuno, exhibe y vende sus piezas en el local.

Pero el camagüeyano radicado en La Habana no pretende quedarse en una única línea y, dice, quiere trabajar más en lo tridimensional, en la instalación, y mezclar imagen con música. Quién sabe a dónde lo llevará esta idea. Sépase que tras su curso de Imagenología, Yomer jamás fue a Venezuela, pero sí a una meca del arte: Paris.

*Este texto fue publicado originalmente en eltoque.com

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PERIODISMO Y NO FICCIÓN

La mosquita y el fumigador*

Selfie, Darcy Borrero

Darcy Borrero Batista

El fumigador está allá afuera, pero yo no quiero fumigar. En realidad no soy yo la que no quiere fumigar, en realidad yo no quiero fumigar ahora. Yo no quiero fumigar porque mi madre no quiere, y yo la entiendo porque ella hace una semana que no duerme bien y eso es un eufemismo para decir que hace días no pega un ojo, no sabe lo que es tirarse a pierna suelta. Porque cuando se viaja a Panamá para comprar pacotilla no se pega un ojo a menos que un día alguna amiga te lleve al Canal y luego a su casa y compren un six pack de cervezas Balboa después de vender una caja de tabacos Cohiba. 

Al fumigador no se le puede decir eso porque eso es un pecado, eso atenta contra la moral y las buenas costumbres de la educación socialista con las que creció mi madre. Y entonces estamos con la puerta abierta, el fumigador a la espera, y nosotras que no, que no podemos fumigar ahora. Y él que sí, que no entiende, que si no fumigamos ahora no fumigamos y ya. “Y ya” significa que nos anota eso en el papelito que él llama “Visto” y luego pueden venir las autoridades de Salud Pública a ponernos una multa. Yo le digo que a mí no me puede poner ninguna multa, que se fije bien, que yo no es que no quiera fumigar, sino que ahora mismo no puedo, que acabo de llegar de un viaje estresante, que nosotras no somos gente de no fumigar, que nosotras, al contrario, siempre abrimos la puerta y no nos importa que se lleven algún día un reloj o un papel sanitario del baño. Que no nos cuestionamos eso, ni el hecho mismo de fumigar porque somos ecologistas, que mi madre ha estado controlando vectores, es decir, mosquitos, en África; y que yo he montado, incluso, una huelga por el clima algún viernes en La Habana, específicamente en el Parque de la Fraternidad, y que formo bulla cuando hay basurales y no pasan los carros de Comunales a recoger…, y en caso de dengue no me fijo si el hospital está sucio y mando para allá al familiar enfermo, ingresado, sí.

Pero el fumigador no entiende nada de esto que le explico y se va, con el visto malo: se niega a fumigar. Yo empiezo a escribir esto porque en estos días he tenido muchos temas para escribir pero todo lo he posteado en Facebook y hoy no tengo deseos de postear.

Mi abuela llega hasta mi cuarto a ver lo que escribo. Coño, cómo es que dejo que mi abuela lea, sin espejuelos, apenas un fragmento de esto y luego me pregunte por qué escribo sobre el fumigador. Apenas le ha dado chance de leer una línea sobre el fumigador, pero como ella es obsesiva se va a la cocina a preguntarle a mi madre por qué yo escribo sobre el fumigador. Eso, ni yo misma lo sé. Simplemente escribo sobre el fumigador porque cuando llegó yo iba a escribir sobre otra cosa que no sé cuál era pero me agarró con el teclado listo y la hoja en blanco.

Mientras escribo viene un mosquito y se posa en mi pierna y comienza a chupar mi sangre. Tengo que parar y darle una palmada al mosquito y dejarlo pegado en mi pierna. Viene mi madre y me interrumpe y no pregunta por qué escribo sobre el fumigador sino que me dice que la reja, “portería” le llama ella, la que nos cubre de la calle, está muy recia y no puede ya con ella, que necesita cambiarla. Y le respondo que todo eso me lo anote en un papel porque estoy escribiendo otra cosa y pierdo el hilo, y que esto que estoy escribiendo no me dará un centavo aunque ella crea que por cada letra que escriba voy a pagarle una portería. No, mami, no. Mis artículos no dan para tanto, y menos cuando escribo en primera persona del singular y hablo sobre un fumigador que me puede provocar una multa. 

Las madres son así, creen que los hijos van a resolverles todos los problemas, que los hijos son la octava maravilla y que no irán jamás al octavo círculo del Infierno. Por eso me trae, también, un café creme hasta la cama, y me dice que enderece la postura mientras escribo. Le pido que me ponga a calentar el agua y me entran ganas de ir al baño cuando se lo digo y miro el reloj y vuelvo a darme un trago de café y sudo frío y son las 11:58 y debo irme a trabajar porque debemos (la poeta Elizabeth Reinosa y yo) presentar un poemario la semana que viene, y en ese poemario está incluido, entre dos poemas míos, uno que ha sido antologado, este año, en cuanto libro para el que me hayan pedido algo. Las veces que me han pedido algo he mandado “Después”. 

Después

Vine después de la carne rusa
las Matrioskas
la caída del muro de Berlín.
Cuando llegué todo era ruinas
—No me asombró—
Vine luego de dos guerras mundiales
y aun así la Tierra siguió girando para mí.
No me sobresaltó la Primavera de Praga
ni los misiles dispuestos como sirenas
en procesión hacia el norte.
Llegué cuando el raíl era oscuro
—deshilachado camino—
di tumbos/ Pregunté por mis padres
en el tumulto 
y respondieron que aquí:
Todos eran padres de todos
Todos hijos de todos,
que la guerra borró los nombres
e inauguró fosas comunes/ que broté 
de cualquier fuente/que mi generación es una 
zapatilla sangrante/ el dedo seco antes del tacto.
Que nos disponemos a llenar el Arca/ y todo
es prescindible/ Que no comulgamos 
con pasado alguno/ Pero la Tierra sigue girando,
la tierra sigue lisa e irregular, al mismo tiempo,
rodeando ataúdes 
y soportándonos.

Digo algo en vez de poema porque nunca te piden nada muy específico. Los antologadores te dicen que les mandes algo, que están haciendo una antología “femenina”, o una antología de poesía erótica, o una antología de poetas latinoamericanas, o de poetas cubanos y mexicanos en los que solo caben 21 de cada nacionalidad, o que les mandes un plaquette para publicarte unas 15 cuartillas… Y todo eso, aunque no es muy específico, es valioso para publicar esos textos que, a veces, hablan sobre un fumigador, o sobre la forma en que te llama tu madre, o sobre lx gener@ación emergente. 

Ejercicio VII/ La juventud emergente

(Yo soy tu discípula
Aunque solo me lleves tres años.
… Yo soy tu maestro,
El que supo enseñarte
Y de tu cuerpo yo conozco
hasta la más íntima parte…
Aquí cuelga un verso malogrado
De aquí cuelga la juventud emergente
Y el poema que te conversa al oído para nunca decir nada):
—¡Finito!—
Cuando no era siquiera un embrión
sus padres apostaban cara o cruz
para saltar al agua en una balsa;
el año de su nacimiento sucedieron, 
seguramente,
cambios definitorios para el mundo. 
Dijeron los entendidos
que se avecinaba otra guerra fría
Los desinformados 
comieron piedras de hielo y bistecs de colchas
Los deformados
construyeron  las embarcaciones 
Los uniformados 
a-las (j) aulas.
Los trans-formados
a-las calles y escenarios de lumpen.
Ella no sabe pensar más allá de dicotomías:
Negro y blanco por oposición
Bueno y malo por oposición
Los que se fueron y los que se quedaron, por oposición.
Ella encontró su sitio en un más acá
Ella vistió uniforme. 
En las fiestas bailó descalza,
hasta abajo, mami.
Fue una alumna emergente
En un país emergente
En un siglo emergente.
Y donde la emergencia es medio y fin en sí mismo
La emergencia,
medio resolutivo
de la emergencia.

O me piden algo sobre el cambio climático y las juventudes ecologistas que van naciendo y toda esa historia.

Ejercicio VI/“Quieren mudarme de planeta”

No hay planeta B para los adolescentes ambientalistas.
No hay planeta C 
ni planeta D, R ni Z.
Hay, sin embargo, planeta P, planeta L, planeta J 
Queda —dicen— un planeta V. 
Y un planeta M que puede ser la colonia Esperanza.
Han llegado noticias de ese planeta M
eMergencia 
¿Y falta mucho? —preguntan
Me temo que bastante, me temo que no hay tiempo, 
No hay espacio para todos
Nunca lo hay
Y siguen llegando noticias.
El cartero, ñanga, masón, Abakuá, marciano cartero, 
echa El “Mundo”, extinto,
cada día
bajo la puerta.

Recojo el periódico, o no, recojo el mosquito de mi pierna para botarlo, lo miro bien, paticas rayadas, dengue posible, o chikunguya o zika o no sé qué. Ya no sudo frío, son las 12:03 y mi encuentro de trabajo con Eli es a la 1:00 p.m., para lo que tengo que atravesar 12 km de ciudad, en realidad vivo en las afueras de la ciudad, cerquita del Parque Lenin, reparto La Güinera, y todos esos kilómetros debo atravesarlos en menos de una hora. 

No hay que decir cómo está el trasporte en este no lugar que es La Habana, en esta ciudad distópica por la que no me muevo hace una semana (acabo de regresar de Ciudad Panamá y de su ajetreo de pacotilla, Zona Libre de Colón y Canal interoceánico y mall). Escribí unas líneas más arriba que ya no sudo frío.  No les he dicho, pero estoy en el baño, he tenido que venir para acá por necesidad. Y lo dejo así abierto en necesidad. Entre mi madre y mi abuela, y el fumigador, necesito tranquilidad y, de paso, defecar si es posible. Escribo “defecar” aunque pudiera escribir “cagar”, solo que ya mi poesía se ha puesto algunos filtros y, si antes decía cagar sin rubor alguno, ahora me contengo un tanto. En este ejercicio de contención, les dejo un par de poemas para que estén al tanto. No van sobre el fumigador, a ese ya lo he dejado atrás, solo fue un leitmotiv para empezar esta historia que no sé adónde llegará… 

El fumigador ya se fue y lo único que me dejó claro fue la posibilidad de una multa. Estoy tecleando a toda velocidad y me pregunto si vale la pena hacer de esto un cuento o un poema, más arriba mencionaba la palabra mall y contaba, por puro azar, que regresé ayer de Ciudad Panamá. Eso me hizo recordar, así como fluye la conciencia, que mall fue la palabra determinante durante mi estancia en ese país centroamericano.

Estas líneas inacabadas provienen de ahí: 

Le digo Casco Antiguo y me responde mall
Le digo Canal de Panamá y me responde mall
Le digo islas, Brisas del golf y me responde mall
Le digo vamos al Archivo, busquemos la Historia y me responde mall
Le digo que necesito fuentes para hacer periodismo y me responde mall
Siempre mall, a todas horas, a todas luces…
No quiere McDonald’s ni Día de Muertos ni bandas independientes
Ni celebración nacional.
Ella —mi madre— está dentro del mall
Lo españoliza (moles), mira al costado, a derecha e izquierda, 
Mercado libre, zona libre que no es free zone.
Le digo iglesias, virgen de Guadalupe, patrona mía,
12 de diciembre, 1993
Y entonces, solo entonces, se olvida mi madre del mall

A mi madre le escribí un poema que se titula “Mall”. Mi madre duerme ahora, después de varios días en los que solo hablaba de mall. Vamos al mall, comprar en el mall, comer, usar los baños gratuitos del mall, llegar a la estación Metromall. A mi madre llevé a la iglesia a pesar del mall… Nos volvimos católicas por un día a pesar del mall.

Mi-ma-má-me-mi-ma y yo la mi-mo-a-e-lla. Como en mi libro Mestiza (Jugando a escribir po-e-sí-a)

Entramos a pesar del mall al Canal del Panamá. Y mi madre abría los ojos porque los barcos atravesando la Esclusa de Miraflores le hicieron volver sobre la idea de que no había visto nada en el mundo. Mi madre tiene 55 años y ha visto algo de mundo pero no mucho. Mi madre vio nacer, hace cinco años, a los niños africanos que hoy van a primer grado en el sur del Sahara. Mi madre no es ginecobstetra ni falta le hace. Mi madre quiere ser chofer. Si alguna vez manejó fue en el país de los niños que van a primer grado en el sur del Sahara. En Ciudad Panamá quiso manejar, pero lo único que intenta es pedalear. Mi madre es buen timón en la bicicleta. Y yo le digo llévame en tu bicicleta pero sin Carlos Vives. 

Mi madre no me enseñó a montar bici, pero luego sí me dejó andar sin frenos por el mundo. Hace poco en la embajada de Francia me dieron un líquido de freno como obsequio tras una recepción. Lo regalé en la primera esquina para no botarlo en el primer latón. Como boté mis palabras por el caño del avión en que surgieron. Estoy en el baño del avión, cepillo mis dientes. Se empieza a ver el mar y mi madre cierra los ojos, está envuelta en una capa morada. Descansa del caos de Colón y su zona libre. Descansa del mall aunque lleva la cartera, los aretes, el blúmer que compró en el mall, despierta y me pregunta por los labiales que compró en el mall. La bicicleta, cuándo llegará a Cuba. Los dólares, el efectivo, cuándo llegarán a sus manos. Mi madre no siente especial atracción por el dinero, pero sí —es natural en sus circunstancias— por el mall. Le propongo que sea mi partner para un performance en el mall. Empiezo a grabar su poema, hago un reporte desde el mall. Un trans me coge del brazo y me unta un perfume, me pide 15 dólares y suelto una carcajada estrepitosa. Pasa una indígena que no habla español y la quiero incluir en mi performance, pero esta me pide plata por eso. Y luego me recoge mi amiga en su carro negro y nos lleva a su casa y cenamos, hablamos sobre el mall. ¿Qué será lo que tiene de especial un mall? ¿Lo sabrá el fumigador?

Ustedes se preguntarán por qué uso tantas veces seguidas la palabra mall.

La anáfora, pienso, es ideal para principiantes en la poesía. La anáfora te garantiza, al menos, que un poema suene regularcito, pero a mí me da igual, muchas veces, cómo suena lo que escribo. No tengo todo el tiempo esas obsesiones, sino que suelto las verdades que tengo que soltar y me libero y punto. Hay algo de mentira, por supuesto, en todas estas “verdades” escritas. Hay algo de anáfora en todas estas líneas, yo veo la anáfora en este modo de vida, en esa repetición circular y circunstancial de cada día cuando vas al mercado y regresas con lo primero que encuentras porque lo que buscas raras veces aparece. Hay una anáfora terrible en que el fumigador me quiera fumigar con un líquido tóxico y yo no me deje poner una multa. Este país es una anáfora que se repite ad infinitum en cada casa. En cada escuela, en cada cuadra un Comité, en cada barrio Revolución. Los uniformes, los emergentes, los pioneritosla lucha de todo el pueblo

  • Selfie, Darcy Borrero

Yo no soy otra cosa que una anáfora, soy el verso perdido en una anáfora nacional que he querido escribir muchas veces, 100 copias para que se quite esa falta de ortografía, 100 mil copias del mejor bolígrafo de la República, con el que ya nadie escribe. En este paisaje literario, yo soy el verso intermedio, la bisagra de la poesía y el reguetón. Hay un reguetón que habla sobre los fumigadores y los mosquitos. 

Pasa por la esquina de mi casa un carro y se escucha, de lejos, el boom boom de Don Omar. Quizás por ahí empezó todo esto. Por haber crecido con el reguetón puertorriqueño a todo meter en la secundaria Máximo Gómez de Arroyo Naranjo. Por haber perreado, hasta abajo, mami, antes de leer a Canclini, a Svetlana Alexievich, a Baricco. No hay mucha Seda en mis palabras. Aunque el poeta Roberto Manzano diga que no se le puede ceder ni un escalón a la vulgaridad. Termino esta palabra y ya hay otro mosquito posado en mi cuerpo, esta vez cerca de mi seno izquierdo. 

Mañana sí voy a fumigar. O esto terminará por ser una historia de vampiros. 

No maten a esta mosquita, por favor. 

PD: El fumigador está de nuevo en mi puerta. Un fumigador nunca se rinde. 

*Publicado originalmente en Hypermedia Magazine.

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PERIODISMO Y NO FICCIÓN

Para los niños la carne está en el mercado informal

‘POR’ DARCY BORRERO BATISTA  

MEDIO: TREMENDA NOTA
FOTO: SADIEL MEDEROS BERMÚDEZ

El Estado cubano garantiza la provisión de carne de res hasta los 7 años de vida en algunas provincias y hasta los 13, en otras. El drama no es solo la discrecionalidad sino también la corrupción: el alimento no llega regularmente y las familias tienen que salir a buscarlo al margen de la ley.

La doctora Yasmín abre el refrigerador y examina sus provisiones. Echa en falta un alimento que considera esencial para su hijo de cuatro años: la carne de res. La última vez que la doctora recibió la entrega subsidiada por el Estado fue en marzo, poco antes de que estallara la pandemia mundial de Covid 19. Tampoco pudo conseguir en el mercado informal. Los vendedores ambulantes que habitualmente recorren las calles ofreciendo la libra a 30, 40 o hasta 50 pesos (el equivalente a dos dólares) ya no aparecen por el barrio.

Yasmín y su familia viven en el municipio de Nuevitas, en Camagüey, la provincia más extensa de Cuba (15.615 kilómetros cuadrados) y con mejores rendimientos en ganadería. El liderazgo productivo de la provincia no parece beneficiar a quienes la habitan. Yasmín está en una situación similar a la de Maribel, solo por vivir donde viven. Para la embarazada pudiera ser diferente, no por el embarazo o porque antes viviera en La Habana. También porque a solo 59 kilómetros de su casa, en la provincia de Mayabeque, se ubica el Matadero de Nueva Paz, uno de los más conocidos del país. No le queda muy lejos, pero tampoco lo suficientemente cerca. Y es de ahí de donde sale buena parte de la carne de res para el mercado informal local.

Hay personas que viajan desde distintos puntos a buscar mercadería para revender en sus comunidades. Todos los días una pareja se monta en un camión de pasajeros. Limpios, decentes. Ella con un bolso; él con una mochila. Durante el trayecto escuchan música con audífonos. La policía detiene el camión y bajan a los pasajeros. A ellos no los revisan.

—No tienen pinta de revendedores —cuenta una mujer que viaja con la pareja.

A ella sí la revisan.

—Buscan algo frío.

Los municipios de Nueva Paz, Los Palos y Vegas son las comunidades más beneficiadas por su cercanía con el matadero. Ahí la carne llega con menos restricciones. “El centro tiene unos 200 trabajadores. Los que trabajan directamente con la carne, quienes la venden a otros que la sacan a la calle con un precio mayor a 25 pesos o un CUC (un dólar), debido a que ya pagaron a una primera mano. La sacan en el cuerpo y hasta en los desperdicios, entre vísceras y mondongos. Hay otros autorizados a sacar los camiones con carne y consiguen sus tajadas”, cuenta la mujer.

Es difícil vivir en Cuba sin ser parte de la trama de corrupción asociada a la venta de alimentos básicos. La escasez empuja a las personas al mercado informal, donde se vierte lo extraído del sector estatal por trabajadores que buscan complementar un salario medio de 40 dólares al mes. Pocos se arriesgan tanto como el que “mete la mano” para sacar carne roja: la ley establece penas de entre 100 y 500 pesos cubanos,  de cuatro a 20 dólares. Algunas contravenciones incluyen penas complementarias como invalidación de la facultad para ejercer.

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Alejandro Gutiérrez vive en Las Tunas, a más de 600 km de la capital. Su hija tiene tres años. Hasta que cumpla siete seguirá recibiendo la carne subsidiada. Es casi siempre de segunda y le alcanza solo para dos comidas. Antes solía complementarla con carne obtenida “por fuera” que pagaba 30 pesos ($1.25)  la libra.

—Ahora no hay nada —dice.

La pandemia y las medidas de aislamiento dificultaron el acceso a carne ilegal.

—Ha disminuido y los precios han aumentado —lamenta la doctora Yasmín.

Su esposo, también médico, vive en el exterior y ella sola debe hacerse cargo del cuidado del niño. La pareja conoce las estrategias del sistema de salud pública para evitar la anemia infantil. Yasmín habla como doctora y como madre: “En los primeros meses depende de que las madres cumplan y se tomen las prenatales, además de ácido fólico durante el embarazo. Los niños hasta los seis meses circulan con la hemoglobina materna. En lo adelante se les orienta el consumo de carnes rojas”, dice, pero la considera  una “orientación irónica”.

Hace ya 30 años, la Convención sobre los Derechos del Niño hablaba de la necesidad de proporcionar “alimentos nutritivos adecuados” para combatir la malnutrición y las enfermedades infantiles. Como madre, Maribel también pone atención a la necesidad de su niño para el adecuado crecimiento: hierro y proteínas presentes en la carne. “Es muy importante incluirla en la dieta”, dice. En ocasiones ha recurrido al mercado informal para conseguir más, pero no siempre puede. “No todos tenemos dinero para eso”, remarca.

Hasta hace poco Maribel Montes de Oca vivía sin la preocupación de que a su hijo le faltara carne de res y leche, al menos en porciones mínimas y subvencionadas. Pero al regresar de La Habana a su natal Matanzas se encendieron las alarmas: su pequeño Darío cumple los siete años en octubre y dejará de recibir la libra de carne asignada por el Estado cada mes, así como la leche. Para ese momento ella habrá dado a luz y caducará también la dieta correspondiente a su embarazo, que será sustituida por una para bebé. Con más frecuencia Maribel tendrá que valorar la opción de comprar en el mercado informal para alimentar a dos menores.
En La Habana, Santiago de Cuba o la Isla de la Juventud la norma estatal establece la entrega de los dos productos hasta los 13 años, mientras que para las restantes provincias sólo hasta los 7 años.
Vivir en Matanzas, ya lo sabe Maribel, es una desventaja debido a esa “distribución estratégica” entre embarazadas, adultos mayores, personas con enfermedades crónicas, y niños, que regula la misma porción de carne para todos los niños del país, pero por menos tiempo para los de provincias como la de Darío.

Toda res en Cuba debe tener, por ley, un número de identidad que la acompañará en el cuerpo desde el primer año de vida hasta su muerte. Toda res reportada ante el Registro Pecuario es controlada por su dueño real, el Estado. Cada número estampado con hierro al rojo sobre su piel dará la información necesaria sobre el lugar de nacimiento, raza, sexo y edad. Garantiza que “si aparece en Pinar del Río una res perdida en Santiago, se sepa todo sobre ella y se pueda devolver a su lugar de origen”, explica Ileana La Rosa, una ingeniera pecuaria que por una década trabajó en la industria local de Palma Soriano, en Santiago de Cuba.
La ingeniera utiliza la palabra sacrificar. En el país no se matan las reses salvo en los mataderos estatales; el resto es “sacrificio de ganado mayor”, casi siempre acompañado de hurto, que prevé penas de prisión de entre cuatro y diez años.
A Denia Caraballo y su esposo, campesinos de la comunidad Santa Rita, en Santiago de Cuba, más de una vez les han robado reses. “Hasta los caballos nos han llevado”, cuenta. Cada vez que les roban, Denia y su esposo deben pagar al Estado el valor de los animales perdidos.
En la madrugada del 5 de julio el cubano Yamisel Díaz Hernández, de 38 años, intentaba huir junto a otros dos hombres después de haber robado ocho caballos en la provincia de Artemisa. Un policía los interceptó. Según reporta la prensa estatal, Yamisel lo atacó con un machete. El policía disparó y lo mató.
La protección legal que ostenta el ganado mayor en Cuba nada tiene que ver con agendas de bienestar animal, sino con una política de Estado encaminada desde el triunfo de la Revolución a aumentar la cantidad de cabezas de ganado, experimentar con el cruce de especies en busca de mejoras genéticas y súper productividad de leche.
Seis décadas después, en un país que produce al año solo unas 36.363 toneladas de carne de res deshuesada, frente a 11.2 millones de habitantes, existen barrios como el de Rossalia Benítez en El Cerro capitalino, donde poco se habla de racionamiento socialista y los vendedores ofrecen alimentos puerta por puerta. “Venden de todo, la calidad depende”, explica. Solo compra carne de res a conocidos, de lo contrario va a la tienda aunque allí cuesta alrededor de 20 dólares cada kg de carne roja.
Los planes de la economía nacional (y su desagregación a nivel local) deben desglosar las cantidades correspondientes al encargo estatal entre Turismo, Tiendas Recaudadoras de Divisas (TRD) y Balance Nacional. Este último incluye lo que se suministra para la canasta normada, según un informe en el que no se precisan las cantidades.
“A mi hija le dieron dieta de carne cuando estaba embarazada”, dice la abuela de cabello anaranjado. “Pero luego se derrumbó nuestro edificio y había que ir del Cerro a La Habana Vieja y perdíamos casi todos los cárnicos porque no nos enterábamos de su llegada”. Y lo que se deja de entregar no regresa a ningún almacén estatal, va a manos del carnicero. Las carnicerías estatales también alimentan el mercado informal.

Carla, una argentina radicada en Cuba que ha traído al país la cultura vegana a partir de su negocio culinario, valora que el cubano tiene la convicción de que la carne es lo mejor y trata de mantenerla en su dieta. Asegura que es más difícil sostener en la isla una dieta vegana o vegetariana debido a los precios y a la sistemática escasez. El boom del veganismo en el mundo, con tantas propuestas alimentarias, no lo cree pertinente para Cuba. Ella desaconseja el consumo de carnes y aprueba solo el pescado una vez cada dos o tres meses.

En la Isla de la Juventud, otro de los territorios protegidos, es más fácil conseguir pescado que carne roja. La madre de Lia y Leandro, de seis y trece años respectivamente, esperaba el 16 de mayo la carne de res. Hasta ese día no había llegado y ella temía que pasara lo mismo que el mes anterior, cuando recibió pollo por carne. Es una práctica habitual en las carnicerías estatales.

El 2020, y no solo por el Covid-19, es problemático para esta madre: las seis bolsas de leche que recibe la niña, más las dos que recibe el niño, quedarán solo en dos porque Lia cumplió siete años este mes y, en agosto, Leandro arribará a sus catorce. Lo mismo pasará con la carne vacuna. La madre, dice, tendrá que recurrir con más frecuencia al mercado informal.

Otros padres lo tienen claro desde que sus hijos nacen y, para alimentarlos, ni siquiera esperan por la “gratuidad estatal”.

La estadística de que el 59% de los niños de todo el mundo no reciben los nutrientes que tanto necesitan de los alimentos de origen animal, alarma. En tanto Infomed, el sitio web del Ministerio de Salud Pública, asegura que Cuba no tiene esos problemas, es el único país de América Latina y el Caribe que ha eliminado la desnutrición infantil severa, gracias a “los esfuerzos del Gobierno por mejorar la alimentación del pueblo, especialmente la de aquellos grupos más vulnerables”.

Esos “esfuerzos” no hablan del mercado informal. Y los “más vulnerables” no incluye a una población infantil flotante que, al emigrar a la capital u otras ciudades con sus padres sin cambio de dirección, quedan fuera de la distribución estratégica.

*Los nombres de los protagonistas de esta historia fueron cambiados para proteger su identidad.

Este artículo fue producido en el marco del Laboratorio de Periodismo Situado. Originalmente publicado en ese sitio y en Clarín. Tremenda Nota publicó una versión extendida.

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PERIODISMO Y NO FICCIÓN

El George Floyd imposible de La Habana*

Ilustración que encabeza la campaña en redes sociales por la transparencia sobre la muerte de Hansel Hernández.

La muerte de Hansel Hernández a manos de la Policía Nacional Revolucionaria de Cuba provocó el rechazo social y las comparaciones con el crimen contra George Floyd que ocasionó disturbios en Estados Unidos.

Desde abajo, el mexicano espera el colchón que va a empujar arriba el colombiano, mientras el cubano acomoda el piano en la acera para hacerlo entrar por la puerta de un apartamento en la Florida, Estados Unidos. Los han contratado para una mudanza y cada uno saldrá con al menos 80 dólares por el trabajo terminado. Han descargado lo pesado: mesas, electrodomésticos; también algunas sábanas. De las casas aledañas salen mujeres con niños en brazos, descalzos todos.

Ellas muestran la carne bajo shorts «cacheteros» al tiempo que observan a los chicos del vecindario, algunos caminando en grupos, otros en motos aceleradas y uno montando bicicleta con una pistola en mano. Un hombre con aspecto de quien no tiene hogar enjuaga su cuerpo en la salida de agua de uno de los apartamentos vecinos. Observan con perplejidad a los nuevos. De momento llega la patrulla para exigir que quiten el camión de mudanza en medio de la calle porque obstaculiza el tráfico en más de una dirección. Uno de los policías pregunta si las ventanas de la casa son blindadas. A la respuesta afirmativa replica que las van a necesitar:

—Aquí hay disparos casi todos los días. Esta es una de las zonas más peligrosas de la ciudad —indica, y les aconseja que regresen por donde vinieron.

Cuando dice esto, ya casi está vacío el camión. Los colchones han llegado a los cuartos de arriba. El refrigerador a la cocina. No hay electricidad, pero el contrato está hecho. Los intermediarios de la mudanza nunca dijeron lo que el policía dejó claro: están mudándose a «un barrio de negros».

No imagino una forma de decir esa frase sin que suene racista. El policía que advirtió de la peligrosidad del barrio, un hombre blanco, ni siquiera lo dijo así. Pero no hay manera de convencerme de que la frase no sea despectiva y discriminatoria. Mientras pienso en esto, me miro los pies, sujetos por gravedad a la tierra estadounidense. Cuando aquí se dice «negro» y se califica con ese adjetivo cualquier cosa, es bastante literal.

La segregación no es una historieta, no es la serie de televisión Querida Gente Blanca ni la película romántica Guest Who, sino que las zonas suelen estar delimitadas por el color de la piel. Y quien dice color de piel está diciendo calidad del lugar. Nadie explica que todo proviene de una esclavización de negros traídos de África, y luego liberados en condición asimétrica respecto al poder blanco. Circunstancias sociales los obligaron a vivir en suburbios, los condicionaron a la vida tribal de las pandillas en algunos sitios como este, donde incluso las nuevas construcciones tienen una estructura de hacinamiento y falta de privacidad. Si algún audiovisual lo cuenta bien es La Criada.

En el balcón del apartamento contiguo un hombre se sienta en una silla y comienza a fumar. Se desprende hacia abajo un humillo que termina siendo de marihuana. No es negro el hombre, tampoco son negras las muchachas al costado ni el adulto que se baña en un portal ajeno. Son negros los jóvenes que pasan en grupo y ese de la bicicleta, el que lleva la pistola. Sin embargo, siguen llamándolo barrio de negros cuando, en realidad, es un barrio donde habitan personas históricamente marginadas y degradadas.

Lo anterior me lleva a pensar más allá del racismo estructural de la sociedad estadounidense, en muchos aspectos conservadora pero con una gran parte lo suficientemente cansada como para sacar mártires de la resistencia y movilizar a todo el país —y al mundo— en medio de una pandemia. Mártires que tienen rostro negro y son, en realidad, rostros de la pobreza, la discriminación, víctimas de la violencia policial. No ha sido una sociedad mezclada, entrecruzada, sino una con polos definidos y con cabida para frases del tipo «barrio de negros», que significan lo que enuncian literalmente por toda una serie de condicionantes históricas.

Hace pocos días Cuba quiso tener un George Floyd alimentado por la Policía Nacional Revolucionaria (PNR). Hansel Hernández, de 27 años, al que todos dan por negro y no viene al caso discutir su pertenencia racial ni lo que pone su carnet de identidad. El residente en un barrio de Guanabacoa fue perseguido y, aunque iba desarmado, terminó con pólvora en el cuerpo. Él había lanzado piedras a su perseguidor, que le respondió con balas.

La policía  lo contó así:

«[…] Fue sorprendido in fraganti mientras robaba piezas y accesorios de un paradero de ómnibus y se dio a la fuga cuando los agentes trataron de identificarlo. Como parte de las investigaciones realizadas, hasta el momento, se pudo establecer que durante la persecución —a la carrera, a lo largo de casi dos kilómetros— por un terreno irregular, el individuo para evitar ser detenido agredió con varias piedras a uno de los policías, una de las cuales lo golpea en la entrepierna, otra el lateral del torso y una tercera le disloca el hombro y lo lanza al piso […] En el intervalo en que el agresor lanza las piedras, el militar realizó dos disparos de advertencia. Acto seguido y debido al peligro para su vida por la magnitud de la agresión, el policía riposta desde el piso efectuando un disparo con su arma de reglamento que impacta al individuo y le provoca la muerte…»

Ante la falta de testigos, no sabremos si es cierto que el policía actuó en defensa propia pero nos quedará en la conciencia que el civil andaba desarmado. ¿Lo habría hecho si fuera legal en Cuba portar armas? Qué pasaría si en el país toda potencial víctima de violencia policial (racista o no) fuera también un potencial portador de armas de fuego con la posibilidad de disparar… Sería otra discusión a la que la Policía solo aporta lo siguiente: era un ciudadano con antecedentes penales que incluyen actos violentos. Casi lo mismo que dijo la policía estadounidense sobre Floyd, quien tampoco llevaba arma.

Sin embargo, dice el intelectual antirracista cubano Roberto Zurbano que

«la muerte del joven Hansel Ernesto Hernández Galeano a manos de un policía en La Habana, Cuba, no es un crimen racista en sí mismo, pero es innegable la carga racial que acompaña el itinerario de carencias que accidentaron la malograda vida de su víctima, su entorno social y su bajo nivel de expectativas. Todo eso empujó la rabia ciega de un policía que disparó contra otra rabia que el disparo no mató. Al final, Hansel es una especie de arquetipo agónico en el actual drama cubano. Él no debió morir, pero su destino lo empujó a una muerte que ni siquiera le miró a los ojos».

Aunque es común la mancha de la esclavitud, la liberación asimétrica en la que quedaron los negros con respecto a los esclavistas y la formación de suburbios resulta válida para explicar algunas condiciones sociales de los negros en la Isla. Ni los negros cubanos son enteramente negros, ni los blancos son enteramente blancos, aun cuando el predominio o no de melanina hale hacia la herencia africana o española o tímidamente indígena, china, japonesa, judía, y de otros grupos minoritarios. La Revolución cubana no fue capaz de eliminar el racismo. La Revolución ha sido en teoría antirracista pero, en esencia, ha lucido tremendamente blanca. Podría concedérsele el título de mestiza, aunque sería apagar un fuego con muy poca agua.

La Policía Nacional Revolucionaria es racista. Que pregunten a cada uno de los ciudadanos negros que van por las calles o avenidas y son detenidos. Que les pregunten a los activistas golpeados, a las mujeres negras injuriadas en el transporte público y antes en espacios citadinos, a las que ni la Fiscalía toma en cuenta por denuncias, a no ser que alguna de ellas sea jurista con pleno conocimiento de sus derechos.

Donde gobierna el totalitarismo, la PNR es indisoluble de ese corpus al que llamamos Estado y tiene la facultad de ejercer violencia institucional en nombre de la Revolución. Pero al George Floyd cubano le falta mucho caldero social, mucha indignación canalizada y mucha respuesta organizada. Le falta mucha cuerda al reloj del cronograma legislativo, mucha división de poderes, mucho empoderamiento ciudadano.

En Cuba hay tanto por lo que indignarse que la muerte de un civil en un enfrentamiento policial no mueve a la sociedad auscultada y con la rodilla en el pecho. Es el pueblo cubano, tal vez, el verdadero Floyd. Que un negro haya muerto a manos de otro negro, que no haya sentido de hermandad por el color de piel con independencia del lado (policial o civil), que el racismo se oculte dentro de la raza, que se cree comunidad en redes sociales pero no en la vida real, dice mucho de esa víctima es el pueblo cubano y no un solo hombre, más allá de que sea negro o mestizo, afrodescendiente; de barrio marginal, cubano, y que haya muerto a manos de una Policía que ha dado muestras de su racismo en cada pedido del carnet de identidad a un negro y no a un blanco.

Importa que el blanco de la Policía haya sido un negro o que a este negro le haya disparado otro negro. Pero importa más que la versión oficial le haya tomado al Ministerio del Interior varios días o que hayan difundido una versión oficial antes, en la cual disculpan el racismo porque fue un negro disparándole a otro negro.

Importa más que con ese argumento las autoridades se cuiden de crear un George Floyd cubano que los deje como hipócritas, preocupados por el racismo estadounidense y solidario con los negros del Norte y no con los de Cuba. Importa más que la Policía no sea garante de la tranquilidad ciudadana sino un mecanismo de control político e ideológico que se acentúa durante una pandemia. Un mecanismo que, de ser vulnerado con el asesinato de uno de sus efectivos, el Estado protege con desigual vehemencia que la concedida a su pueblo.

*Este artículo fue originalmente publicado en la revista Tremenda Nota

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