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PERIODISMO Y NO FICCIÓN

No les digan que de este viaje no regreso*

Darcy BorreroJulio 20, 2020

“Pasar por mi casa” era todo lo que iba a hacer mi amigo en la noche número treinta y pico de la cuarentena. Pasar por mi casa, sí, que en estas circunstancias era conectarnos mediante videollamada y contarnos las mierdas del día. La serie que habíamos empezado, la película que no debíamos perdernos porque ya uno de los dos la había visto y valía la pena; la crónica que nos salvó la tarde que caía pesadamente al vacío. Pasaría por mi casa esa noche y yo tenía que seguir el ritual que me había inventado: lavarme el pelo, desenredarlo y hacerme crespos, maquillar un tanto mi rostro mestizo, que estaba palideciendo ante la ausencia de sol.

A mi amigo podía, incluso, enviarle fotos descaradas o eróticas en el baño o imágenes puramente pornográficas, o contarle sobre mi dolor en la parte inferior de la mandíbula por la salida de emergencia de un cordal —atrasado o adelantado, según se mire— a los 26 años. El dolor había empezado en otra casa, la mía, donde yo daba albergue a mi amigo hace solo unos meses; había continuado en aviones, despega-aterriza-despega-aterriza, el dolor en el aire y en tierra, en la nueva casa de mi amigo en Lima, en Machu Picchu, en las alturas de Cusco, en Santiago de Chile, Viña del Mar, Cuidad de Panamá. El dolor en Austin, en Odessa, Midland, Nueva York.

El dolor en Miami, adonde me visita alguna que otra noche de cuarentena, videollamada mediante, mi amigo, para contarme también de su falta de aire, de la asfixia y el ahogo de Lima, la falta de alimentos, la preocupación de no cobrar, de perder el trabajo, de tener que regresar a La Habana o peor, a la Isla de la Juventud. Pero si algo nos preocupa es el envejecimiento prematuro, la caída del pelo y el dolor. 

Nos preocupa no poder ayudarnos mientras dure esta cuarentena que se reactiva, no poder gritarnos de un rincón a otro de la casa. Bloquearnos en redes sociales porque estamos hartos de nosotros mismos. Hablamos, a veces, de temas neutrales para ambos: no política, no relaciones. Solo la mierda cotidiana, el mainstream, los hits periodísticos del momento y el definitivo salto que él pretende de mí en el 2020.

¿Quién tiene proyecto de vida ahora mismo? La mayoría de la gente que conozco se limita a sobrevivir, a pensar cómo hacer para llenar la nevera, en respiradores artificiales, mascarillas, la educación a distancia de los niños, teletrabajo, terapia ocupacional para no disparar los nervios.

Eso no tiene por qué suceder, le digo. No tiene por qué ser un año especial, no empezaré a publicar en los medios que me deslumbran, no va a pasar. No voy a escribir los artículos que me interesan. No voy a descubrir grandes fuentes ni me voy a ganar la lotería. 

Este año, cuando pase lo que debe pasar y el coronavirus sea historia, a mí me tocará buscar un trabajo que me dé dinero suficiente para sobrevivir como migrante (si es que finalmente lo soy porque tal vez solo me haya alejado un rato para respirar), colaborar en la casa donde me prestan techo y comida, tendré que poder enviar dinero a Cuba y recargas. Y dejar de contar las historias —también truncas por mi huida no premeditada— de la ciudad donde viví los últimos 20 años de mi vida, la que conocía y me llenaba de ira, pero también de aire. En la que “refrescaba” mirando al mar, haciéndome selfies en el Malecón mientras la vida suya, como ciudad, transcurría en una muerte lenta de quinientos años: edificios chorreándose, diluyéndose, cubanos aplastados bajo los escombros.

No creo que valga la pena quedarse quieto en una ciudad cualquiera si recorrer tierras tan lejanas como Asia, África; Micronesia está entre nuestros proyectos de vida. No sé tampoco si se pueda llamar proyecto de vida a algo cuando las ciudades de medio planeta han estado en cuarentena

Los dueños de la casa donde estoy viviendo quieren sacar a mis parientes porque no han pagado la renta y mis parientes están pensando dejarla en cuanto acabe el mes. Mis parientes no están trabajando, gastan, pero no ingresan; me preocupa que mi boca sea un problema, que la convivencia desequilibre el gesto de permitirme vivir con ellos. Me preocupa comer demasiado, no colaborar en las tareas de la casa tanto como debo. Me preocupa ser una carga, una molestia, un sujeto indeseado que hay que aceptar por compromiso. 

Le digo a mi amigo del dolor, no de este, sino del de muelas, cordales, no solo el de abajo, los de arriba, a un lado y otro de la boca. Me hago fotos con flash para diluir el rostro entre las luces y que mi cuerpo pueda pertenecer a cualquier otra. Las envío por entretenimiento.

Le cuento además de esas clases que me impartieron unos argentinos y develamos sin querer un asunto espinoso para ambos: el encuentro en Argentina. Llevo algún tiempo soñando con Buenos Aires y el motivo por el que no “salté” cuando estaba de paso por Santiago de Chile era que mi trabajo me obligaba a ir continente arriba hasta Estados Unidos y habría un regreso a Buenos Aires en abril. Sin embargo, el coronavirus decidió por mí, se transformó el viaje en un encuentro virtual de tres días, y no fue mi elección, sino de una organización periodística. Eso me libraba de culpas por perder el chance de conocer Buenos Aires, me regresaba la confianza: quedarme aquí era lo mejor que podía hacer, aunque para mi amigo fuera una locura.

Se supone que valga la pena hacer cambios de este tipo. Pero qué es lo que vale la pena y quién lo decide. Es una mierda no correr riesgos; es otra mierda correrlos. Es una mierda tomarse dos tazas de café y una mierda no tomarlas. Las píldoras nos ayudan a poner nuestro desorden en calma. Cada cual elige sus píldoras, y si el café me ayuda a sacar todo lo reprimido seguiré tomándolo, porque me hará reír como loca después de hacerme fotos pornográficas frente al espejo y enviárselas a mi amigo para entretenernos en estas horas de distanciamiento social.

Maquillada, poso en el sofá a semejanza de las imágenes antiguas de mi tía y sus amigas en la URSS, sentadas fumando cigarrillos o recogiendo pepinos un verano, descalzas y en ropa interior. Esta es mi temporada de pepinos, pienso cada vez que aprieto el obturador y marco “Enviar” en el teclado. 

Básicamente estoy de vacaciones y en una situación privilegiada: tengo comida, WifiNetflix, baño limpio, cama. Tiempo libre para revisar textos, leer a mis autores preferidos, ponerme al día con películas e incluso tomar todo el café que quiera y enviar fotos ridículas que alegrarán a alguien a miles de kilómetros de distancia.

*** 

Toda la madrugada un sueño. Horario al revés. A las cuatro de la tarde, me despertaba el mismo sentimiento intempestivo de comprobar alrededor. La pared, la puerta de enfrente, la foto en el Empire State para asegurarme que seguía aquí, esto es, en Estados Unidos, y bajo ninguna circunstancia en Cuba. Meses en el país norteamericano, uno de viaje de Oeste a Norte y luego al Sur, otros de aislamiento social, confinamiento físico y sicológico. Migratorio.

El sueño recurrente era lo más pesado del confinamiento migratorio. Tras la repetición rutinaria de las actividades del día —mitad de día porque me levantaba a las cuatro de la tarde—, venía la repetición del sueño en el que había involucrados un tren y una lancha. Era inconexo. Lo mismo me tocaba abordar el tren que zarpar la lancha. En el caso del tren, ascendía a un vagón lleno de grafitis, dibujos pomposos, óleo en movimiento. Y el maquinista me daba la oportunidad de saludarlo, pero me dejaba tres estaciones más lejos. Entonces llegaban a mi sueño las vecinas de La Habana que hace tiempo vinieron a Miami, y terminábamos hablando de aquello que fue mi infancia, mi madre de salida hacia un bar y la más vieja de las vecinas cuidándome, a mí y a sus dos nietos varones.

Al contrario, la imagen de la lancha era agitada, un correteo de papeles volando, mi tía sicóloga interviniendo todo: papeleo falso para subir a una lancha que me llevaría de vuelta a Key West. Lancha como en 1980, de las que sacaron a miles de cubanos del socialismo. Algo dotaba de inconsistencia a la película del subconsciente. Mi pasaporte decía por lo claro que solo tenía derecho a una entrada, ¿cómo haría para entrar de nuevo si había salido? Las puertas de la imaginación me llevaban vacío adentro hacia el mayor miedo que llenaba en esos momentos mi mundo: salir y no poder entrar de vuelta. ¿Regresaba para ello a 1980?

Busqué una explicación freudiana a esos sueños. En Netflix una serie hacía honor a mi búsqueda, pero me colocaba ante una bifurcación macabra: la historia de Freud tenía demasiadas salidas de emergencia que no me estaban llevando a mi puerta. Los pacientes en la serie eran tratados como lunáticos e histéricos con traumas anteriores, cada uno con un animal que subsumía su personalidad en determinados contextos. El animal emergía supuestamente para proteger a las débiles criaturas que habitaban el cuerpo humano. 

Que yo recuerde, sí fui una niña con traumas, pero en este siglo nadie practicaría la hipnosis para tratarme. Nadie tomaría mi mano para regresar conmigo al pasado y ver por qué le temía al sol o me tragaba lápices y gomas o veía cómo partículas ínfimas en el aire se unían hasta armar maquinarias que venían luego sobre mí, pesadas herrumbres prestas a avasallarme, quebrar la carne y visibilizar hendiduras.

Pedí ayuda a mi tía sin pedírsela. Solo le conté mis sueños. Me dio la explicación freudiana del subconsciente, de los sueños como prolongación de los temores que se practican en la vida, en los momentos plenos de conciencia. No iban a desaparecer el tren o la lancha hasta que conscientemente los nombrara y me hiciera cargo. Pero ha sido tan fuerte la carga y se acentúa tanto en el entorno del confinamiento

Los días de aventuras en Norteamérica quedaban atrás; antes de la decisión final, los sueños eran la extensión de la dicotomía: ¿me quedo o me voy? La presión de los conocidos, amigos. La presión de que las oportunidades solo se dan una vez. Yo tenía ejemplos de que es muy relativo lo de las oportunidades. Ellos no. Para mí lo relativo venía de haber podido conocer Europa y varios países latinoamericanos. Venía de que no tengo por qué quedarme en un país donde no está mi vida y toda vida sería una prolongación de subconscientes, quizás del miasma analítico de la experiencia colectiva, sustentada en miles de cuerpos que no llegaron a esta orilla de la costa y de otros tantos que llegaron de rodillas. Y tú llegaste de pie, niña, me decían, como quien supone la certeza de un regalo social.

Era así: había llegado legalmente, con una visa estampada. Lo que no decían es que iban a ser seis meses para devanarse en la toma de la decisión correcta. La sicóloga que es mi tía me diría que no había en esto decisión correcta o incorrecta. Que de ganar cosas con el precio de renunciar a otras se trataba, no la intimidación del destino, sino la idea de que aquí o allá una vida me esperaba, aunque yo supiera que el ritual de emigrar supone una oración de vida inconclusa en una parte y quien se va piensa en el yo que habría sido de haberse quedado. 

Mismo sujeto, posibilidades innúmeras de predicado. Lo tienen en común los migrantes, aunque no se vaya exponiendo en el rostro como letra escarlata. Pero, además, quién dice que en estos tiempos uno se va del todo. No, uno se marcha un rato y luego vuelve. O al menos tiene esa esperanza. Otra cosa es que al regreso no te dejen entrar o salir de la Isla por “mercenario”.

Lo que nadie dijo que era posible un desplazamiento de disquisiciones: las partículas que se volvían maquinarias en mi niñez hoy son sustituidas por partículas reales dispersas en el aire, adscritas al asfalto y a toda clase de superficies. Resistentes como toda capa de grasa. Porque eso es un virus, una capa de grasa, lípidos, dicen los virólogos. Esa capa resiste al medio, pero sucumbe al alcohol y a las buenas prácticas de higiene personal y colectiva. La batalla contra el virus se gana sacando lo más limpio de uno mismo. ¿Será? 

Mi tía me manda una foto de sus manos desgastadas por el lavado con cloro y detergente. Tiene burbujas en los dedos y la superficie de la palma. La piel es sensible, no tiene la resistencia del asfalto. Los sueños no tienen las matrices de resistencia del asfalto. Mutaciones genéticas resisten más que mutaciones en la experiencia de vida.

***

No había estrictamente ninguna razón de peso para quedarme aquí; esto es, Miami, West Kendall, un día cualquiera.

En la Isla de allá abajo están todas mis razones: familia, trabajo, una casa que ha sabido atarme cuando más lo he necesitado. Básicamente, no he tenido razones de peso para emigrar. Mis amigos en Cuba estaban decididos a quedarse; de los más antiguos no quedaba ninguno. Hubo un tiempo en que casi todas las personas que conocía querían largarse. Yo viví un tiempo pensando únicamente en hacerlo. Y nunca un cordón umbilical me lo impidió del todo. 

Estoy, redondeando el sentido común, a 90 millas de la casa, a tres meses del entierro del perro en otra ausencia, cero calor, cero guaguas, cero colas. Cero post catártico en redes sociales. Las catarsis que me tocan ahora son, digamos, como de postal. Me llega todo a través de una pantalla que pone sus filtros a mi entendimiento, opaca mis reacciones. Me baño con gel en vez de jabón y lo social me es aún más resbaladizo. El país duele en la distancia física, pero se sobrelleva con el nuevo entorno, aunque no se le reemplace. Pero qué hay del verbo sobrellevar en una oración de confinamiento.

Me empiezo a preguntar, en una de esas elipsis paro en seco, qué hago yo aquí. En este barrio, en esta casa ajena, rodeada de los parientes ajenos que por transitividad hago míos. 

Lo mismo me pregunté en NY, en la habitación 1315 del hotel Pennsylvania, en las calles, a la hora del desayuno o frente a la tumba de Celia Cruz

Lo mismo me pregunté en Odessa, en el condominio donde vive mi amigo de la secundaria y hay un laundry en el que lavé mis pocos trapos sucios comprados en Austin, tras la certeza de la pérdida de mi maleta en Lima. 

Me pregunté lo mismo en una habitación altísima en la capital de Texas, en la ciudad universitaria. 

No me lo pude contestar a hora alguna. No me lo contesto ahora.

Y así, aunque no tenga trabajo todavía ni me haya plantado definitivamente como migrante, no existe nada ahora mismo que me llame de vuelta. La congoja de mi madre todavía se escucha bajo, los gritos del trabajo no son más fuertes que la necesaria tranquilidad y prosperidad de la familia. Me pongo en pausa. Pero no soy la única. Tengo que vivir esta como una pausa social no exclusiva. La pausa es colectiva.

Desde hace unos días las ciudades están en pausa. El mundo en pausa por la pandemia del coronavirus. ¿Es posible un pretexto mayor para no moverse de donde se está, sea cual sea el motivo que te lleve a estar ahí? Le dije a alguien que la única forma de que me quedara inmediatamente en Estados Unidos era un embarazo. Mi menstruación no falló. En su lugar, bingo, parece que la excusa siguiente es más contundente: una pandemia que demanda aislamiento social, no viajes, stay home

“Mijita, ¿pero no pudiste escoger un momento mejor para venir?”, me preguntó un amigo. 

Pues no. Nadie planifica estar aquí o acullá en un momento de pandemia. Te agarra donde te agarra y listo. Cada cual tendrá que acomodar su vida, acompasarla a la pandemia y cambiar su rutina. Adaptarse al hogar, aunque no te guste, untarse alcohol en gel, aunque no te guste. Bañarte, lavarte las manos como demente. Meterte bajo la colcha, buscar todas las películas que te debías.

La cuarentena le hará ganar tiempo al emigrante recién llegado. Si no encuentra trabajo no es su culpa. La culpa es del coronavirus. Todo está cerrado, hasta las fronteras. Un emigrante en cuarentena, si sus parientes le dan techo y comida, no fracasa. Nadie notaría el fracaso porque hay un virus para expiar toda culpa.

En el rato que libero pensamientos y sueños, antes de que la pandemia obligue al máximo confinamiento, me voy en busca de trabajo a una gasolinera. Primero me digo que solo voy a salir en busca de aire. Estirar las piernas, correr en los alrededores de la casa, conocer el barrio. Todas excusas. Llego hasta el semáforo y a mi izquierda está la gasolinera. Me siento en un banco de una parada de bus antes de enfrentarme a lo que significa mendigar un trabajo para el cual no te has formado. Un oficio que se ríe en la cara de tus títulos, inválidos títulos que solo sirven para mostrar cinco años, supuestamente, de entrenamiento en escritura. 

¿Para qué sirve escribir en un país donde vender gasolina se considera un oficio imprescindible, que no caduca en tiempos de pandemia? 

¿Para qué sirve escribir en un mundo en que la acción y el negocio encabezan, y la poesía es devaluada? 

¿En qué ayudan unas manos entrenadas solo en teclear, y puede que en eso tampoco sean lo suficientemente buenas? 

Ya sabes que no van a darte el trabajo y que ni siquiera quieres ese trabajo, pero lo intentas. En realidad estás, sin saberlo, buscando historias, haciendo tu trabajo. Mientras te posicionas delante del mostrador ves a la muchacha, ves su juventud y, de repente, su embarazo.

—Ojalá me mandaran ya para la casa. No me he ido porque estoy esperando que cierren y paguen el salario entero —te dirá.

Son 8 meses de embarazo, pero debe trabajar de pie. En los ratos en que no hay clientes para, respira, se sienta y come algo. Es un trabajo relativamente fácil.

—La jefa no está aquí ahora, ven mañana por el día y pregunta por Yolanda —añadirá.

Tú vas a alejarte de la gasolinera, con una historia en las manos, lista para escribir sobre una migrante cubana que a sus ocho meses de embarazo se mantiene trabajando, no se ha permitido la cuarentena. Su historia será, probablemente, la de varias. Y tú la vas a publicar.

Envío a mi familia fotos serias y me preguntan por qué tan seria y entonces mando fotos en las que sonrío, igual que mi tía y sus amigas. El aislamiento impone modelos de expresar el amor, la presunción de alegría, la fabricación de la alegría es uno de ellos.

No les digan a los míos que estoy triste. No les digan que de este viaje no regreso.

*Este texto fue publicado originalmente en Hypermedia Magazine

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PERIODISMO Y NO FICCIÓN

Algo cambió cuando me toqué el clítoris*

Darcy Borrero Agosto 5, 2020

El hombre ni se presentó, estaba allí para impartir una asignatura que, a la muchacha que yo era entonces, aspirante a Belleza Latina, gargantilla escandalosa en el cuello, no le servía de nada. O eso pensaba entonces cuando me hablaban de una clase de filosofía. 

A mí me iría particularmente mal. No era que confundiera la gimnasia con la magnesia, los sofistas con los irracionales…, sino que desde que el profesor escribió la palabra “Historia”, yo completé con el sintagma: “de la filosofía”. Él preguntó a quién se le había ocurrido tal genialidad; ¿quién y cómo había adivinado lo que iba a escribir? 

Pero, afortunadamente, eso no trascendió.

La clase tenía un guion, y en él se incluía decirnos que alguno de nosotros no llegaría a los 40 años, que algo pasaría. Era el destino, y nos pidió que lo analizáramos. Contó la experiencia con sus grupos desde el preuniversitario. Nos mostró sus tatuajes y sacó un puro; lo encendió y tuvo que fumar todo el mundo. Había que liberarse, decía él. Y ese ritual era imperdible para su propósito. 

Entre una cosa y otra (sin que yo logre recordar cómo fue exactamente), desde las primeras clases me bautizó como loba; a veces me pedía que aullara. Todo lo que consiguió de mí fue silencio o risa incómoda. 

En tercer año volvió para impartirnos otro módulo de filosofía. La misma filosofía frente al aula. No cometí la imprudencia de aquella primera clase, la de primer año, pero esta vez tampoco supe responder a lo primero que me preguntó. 

Así que me dijo: “Hay cosas que nunca cambian”, y algún que otro estudiante sonrió.

Está claro que no cambia que el sol salga por el este y que los latinos miren a EE. UU. como destino migratorio; y que Facebook sea la red social que más usen los cubanos, aunque tengan cuentas en muchas otras. Como tampoco cambia el color de la noche, o que yo siga siendo pobre. 

No cambia que la mayoría de las mujeres tengamos un seno más grande que el otro. No cambia la matazón por el pollo. No cambian las barrigas de los “cuadros”, que empujan las camisas y les impiden agacharse sin sobresalto para amarrarse los cordones de los zapatos. 

Pero algunas otras cosas sí cambian, a pesar del sarcasmo de mi profe de filosofía. 

Algo ha cambiado: yo no tenía ni la mitad de la curiosidad que tengo ahora. Ahora no me sonrojaría la pregunta suya de cuántas en el aula no se depilaban. No es que en aquel entonces me sonrojara. Pero ahora esa pregunta me llegaría de otra forma. 

El día en que el profe me dijo que hay cosas que nunca cambian, yo era una muchacha llena de experiencias sexuales que nunca se había tocado el clítoris. Y según lo veo ahora, esa es una metáfora de mi vida. El día que me toqué, algo definitivamente se abrió en mí.

Quizás no fue el clítoris lo que toqué, sino mi curiosidad. 

La curiosidad es una llave. Por eso indago en mi curiosidad, lo mismo en el plano filosófico que en ese otro plano físico consistente en explorar mi clítoris. No me conformo con saber que está ahí, sino que de vez en cuando me dedico a frotarlo, consentirlo, como mismo consiento la necesidad de leer, de estar informada. 

Entre mi cuerpo y yo había una barrera que era, a fin de cuentas, mental. Dejé de reprimirme tantas cosas desde que la rompí… Y dejaron de importarme otras tantas: el miedo al ridículo, a no saber, a dar una respuesta equivocada, a confundir a James Bond con un tenista, o emparentar a Camila Vallejo con César Vallejo… 

Hoy no me importa no saber, sino no aprender. Lo que me avergonzaría muchísimo es no buscar ni intentar aprender. Por eso lo hago conscientemente. 

Con el conocimiento pasa como con el mar, por más que creas que con nadar o flotar es suficiente, siempre te sorprende algo nuevo: a mar abierto, en el fondo. 

Hoy me da exactamente igual lo que digan de mí. Que los amigos se alejen porque no les gusta o no entienden a la que soy ahora. Estoy bien conmigo. Con el lugar en que permanezco y las decisiones que he tomado. Un like, una réplica, un elogio menos no me harán infeliz ni mejor o peor persona. Soy la persona que quiero ser. 

El profesor de filosofía no pudo vaticinar este cambio. No pudo hacerlo ni antes ni después de ponernos lo que, para mí, eran acertijos dificilísimos. Tampoco cuando nos habló sobre chamanismo, indígenas, hojas de tabaco, pretextos para fumar. 

No pudo predecir que yo me tocaría alguna vez el clítoris, y que me iban a empezar a resbalar palabras como las suyas. O la nota de 5 final que me dio, aunque mi trabajo sobre la historia de la prostitución era de 4. No pudo predecir que me iba a resbalar el silencio de quienes una vez se sentaron a la misma mesa que yo (y no me refiero solo a la mesa del aula). La indiferencia aparente de muchos que fueron cercanos a mí. 

Supongo que así pasa en Cuba con todos los grupos y promociones universitarias, de Periodismo o no; aunque supongo que el caso del periodismo se deba a razones más específicas. 

Un país está tan dividido como su prensa. El profe no dijo que, como a tantos cubanos, a nosotros nos iba a separar la ideología, la política, estar a un lado u otro del Estrecho (más o menos como todos los cubanos), rezarle a Ochún en el Santuario de El Cobre o en la Ermita de la Caridad, Miami. 

Celebro el éxito de mis amigos y de los que alguna vez lo fueron. De mis compañeros todos. De los que se han ido y de los que se han quedado. Y con ellos, también, a veces, he compartido un silencio cómplice. Por no defender lo que había que defender, ni cuestionar lo que había que cuestionar. 

Me entristece que seamos indiferentes. Porque, después de todo, hay cosas que no deben cambiar, y la lealtad de grupo es una de ellas. 

Celebro, sin embargo, que hasta ahora no se cumpla la premonición del profe de filosofía, y que estemos todos vivos. Vivos, aunque fragmentados. 

Muchos han dejado la mente en la Isla mientras emigra el cuerpo. Muchos tienen a sus madres en la Isla con el pecho roto y un puñado más de MLC para comprar en las nuevas tiendas. Muchos tienen al lado a su familia, pero están fragmentados por la decisión de permanecer, en algunos casos a contracorriente, hostigados por el poder, sin que el resto del grupo les tienda la mano. En otros casos quedan seres fragmentados, porque cuanto había de sinceridad en ellos ha tenido que ser en alguna medida prostituido para encajar. Algunos, supongo, siguen siendo los entusiastas de siempre, pero con el peso de una familia que mantener. 

Imagino a otras madres, y a mi madre, mirando en el clóset las ropas de sus hijos. Mi madre frente a un clóset repleto, acaso porque solo tomé ropas para una semana, un mes a lo sumo, repitiendo la ropa interior. La imagino rebuscando lo que le sirve para ponérselo y tenerme más cerca. La sospecho en un arrebato de escasez vendiendo aquello que no volveré a usar. La imagino yendo a donde los caracoles de mi padrino. Imagino la filosofía de Ifá, que sí suele ser premonitoria; los caracoles, la cadena, algún signo que ejerce estos mandatos:

“El jamo caza al pez”.

“Palabras que se lleva el viento”.

“Mal que será bien”. 

Signo que habla de la testarudez, que alerta sobre no sucumbir a la creencia de que tenemos la razón, porque en todo caso sería solo mi razón. Algo distinto sería tener una razón compartida. Me quedo reflexionando sobre la sabiduría expresada en nuestras religiones de matriz africana. Me quedo con las últimas frases: “Palabras que se lleva el viento”. “Mal que será bien”. 

Pero, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿cómo?, ¿por qué? ¿Por qué tenemos que aferrarnos a algo para entendernos? Si son solo eso: palabras. 

Comunismo, capitalismo, dólares, chavitos, carro, guagua, oportunismo, mercenario, disidente, cuadro, Revolución, CDR, gusanos, ciberclarias… 

¿Es tan sencillo todo como para segmentar en palabras? ¿Los que siguen a Otaola, los que lo odian? ¿Los que apoyan el periodismo independiente, los que lo satanizan? ¿No hay demasiada complejidad filosófica en cada ser humano? 

Creía Saussure (hace un siglo, y aunque ha sido “superado”) que la lengua debe ser concebida como una institución social, de naturaleza mental, y previa e independiente de los usos de los hablantes. 

Palabras. No en vano Saussure dedicó tanto estudio al signo. 

Yo aún tengo esperanza de que pase un viento bien fuerte y se lleve lejos las connotaciones que tienen en mi país estas y otras palabras. Que recobren su significado sin ataduras a un sistema social. A las escisiones de una Revolución. Y con ella, toda esa fragmentación nacional que rompe familias y dicta sobre la amistad. Que establece mil fronteras en un grupo. Quiero olvidarlas. 

Pero en esto, al parecer, no basta con haberse tocado el clítoris. 

¿Será cierto, en definitiva, aquello de que “hay cosas que nunca cambian”? Irse de Cuba, o quedarse, sigue siendo una decisión política. ¿Cambiará eso mientras yo esté viva? ¿Será antes de mis 40? ¿Lo podrá ver todo mi grupo? ¿Lo verá mi generación? ¿Cómo lo reportaría cada uno? 

Una voz me recomienda que, entretanto, mientras se alarga la espera, siga en lo que estaba: con mi clítoris. 

*Texto publicado originalmente en Hypermedia Magazine

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PERIODISMO Y NO FICCIÓN

¿A usted lo han diagnosticado?: usted —también— es una ciberclaria*

Darcy Borrero Batista

A usted, que no está especializado en los temas sobre los que discute, le puede fallar el corazón y… ¿quién le va a dar otro? ¿A usted lo han diagnosticado? ¿No? Pues lo voy a diagnosticar yo misma: usted —también— es una ciberclaria. Y si va a pelear conmigo, al menos muéstreme su pecho. ¿Usted hace ejercicios, va al gimnasio, está bueno? ¿Usted se quiere? ¿Usted puede dar la cara? ¿Usted necesita cariño? ¿Usted vale la pena o es simplemente ese sexo sin orgasmo, un training para mantener la forma, un tarro indeseado?

Ahora cuando vas a escribir, lo piensas como un tarro. A escondidas te preparas para el acto, avisas a una amiga lo que tiene que decir si tu novio la llama y corres a los brazos del amante. Te llevas la laptop todo lo lejos que puedas para sentarte a matar la jugada. Ahora escribir es robarle tiempo a la pandemia e irte con los labios pintados y una tanga a teclear, quizás, en una tipografía que nunca más vuelvas a usar.

Pero ahora escribir no es un tarro placentero. Es más un tarro que no implica dar ni recibir placer de ese amante gastado. Termina siendo un sexo sin orgasmo, un training para mantener la forma aunque sepas que del otro lado difícilmente haya un espectador real. ¿Qué se siente hacer el porno que nadie consume? Nada. ¿Estarás deprimida? Esta pandemia deja demasiado tiempo para pensar y eso no te gusta porque empiezas a ver toda la mierda que aparece en las redes sociales.

A veces te dan deseos de cerrar la cuenta, olvidarte de esos miles de amigos que hacen bulto, que solo están para llenar la foto pero ni pintan ni dan color. Los extras que tuviste que buscar para completar tu película. Pero te siguen llegando solicitudes de amistad a montones, y sigues aceptando a muchos. A veces no ves el separador entre paneles y terminas añadiendo a alguien por error, por pensar que te había pedido amistad cuando solo era una sugerencia de Facebook.

Entonces no cierras la cuenta si no es estrictamente necesario, no la cierras por vagancia. O porque en el fondo eres una chismosa más que quiere saber de trendings tanto como meterse en debates para satisfacer su espíritu justiciero. Es así que aparecen los trolls —preferimos llamarlos ciberclarias— para hacerte saber que también están ahí y no se dejan “meter tupe”. Fue lo que te dijo una de ellas en un debate intrascendente sobre lo mucho que las clarias meten la cabeza en cualquier tema, sepan o no, porque si algo es una claria es un sabelotodo-profeta-doctorado-en-cuanta-materia-exista-y-también-en-lo-que-no-sea-materia. Las clarias también le meten a la metafísica. Por eso es muy difícil lidiar con una claria: desde el inicio es una batalla desigual en la que ella sabe todo y tú nada.

Aunque te gustaría hacerle justicia de género a la claria: Lo complejo de este tipo de ser, de este somato-tipo, es que no sabemos si es hombre o mujer, no sabemos siquiera si es cisgénero, no binario, si es agraciado, si es padre, madre, si duerme bien, si toma algún tipo de pastillas, si tiene alguna verdadera causa que defender. No sabemos si se peina o es calvo, si tiene los zapatos rotos o usa espejuelos. No podemos nombrarlo de manera personalizada porque toma su perfil de cualquier plataforma que construya un rostro falso. O incluso puede tener el descaro de tomar tu rostro para ponerlo en una red social que visites poco. Lo dices por experiencia propia: a ti una vez equis claria te tomó prestada una foto, la editó para eliminar a los extras que estaban en la composición, y luego te exhibió con la lengua afuera en Twitter.

Escribiste entonces: “Era una foto de grupo, por lo que esa persona debió editar y seleccionar mi rostro con la lengua afuera. Y esa persona, sépase, anda con la lengua suelta en la red social y lo asume como trabajo: retuitea noticias de la Presidencia, sigue a 683 y tiene 763 que la siguen”.  

Y no es que tú no saques la lengua, no es que te avergüence sacarla. Pero todo en su contexto. No es lo mismo que tú publiques en tu Facebook una foto de grupo con la lengua afuera, en un concierto de The Rolling Stones, que aparezcas sola con la lengua afuera en Twitter, replicando tuits de la Presidencia de Cuba, de los ministros, y compartiendo toda esa información “revolucionaria”, de banderita en plaza, de “Seremos como el Che”. Ese es el tipo de cosas que no puedes, no podemos permitirle, bajo ninguna circunstancia, a una claria. Porque para ese momento la claria nos habrá cogido la baja.

No obstante dejen el susto a un lado. Aun cuando la cuenta falsa fuera autora de un tuit del 25 de febrero en el que celebra la votación del referendo ratificado por el Gobierno, ese no es el fin. Incluso después de la bravuconería y descaro total de la claria que te coge la baja, hay solución. Antes de denunciarla usted puede iniciar, desde el chat de otra persona que le autorice, una conversación amable con la claria. Empiezan alguna especie de ligue en el que el espécimen terminará por soltar algo de peso. Luego usted le hace captura-de-pantalla-de-toda-la-vida y, teniendo más pruebas de que es fake, hace su denuncia en la red social en cuestión. Por supuesto, agradezca también a la persona que, siendo más asidua a esa red, le avisó de la claria.

A partir del momento en que usted denuncia a una, se trasforma, puede que sin quererlo o asumirlo del todo, en un detector de clarias. Habrá amigos que le escriban y llamen para comprobar si tal sospechoso es efectivamente una persona o alguien-de-extraña-naturaleza-doctorado-en-toda-materia-y-adicto-a-la-metafísica. Así se gana la batalla. Usted le tenderá la mano al amigo en esa misión de pescar clarias y hará un favor al universo.

Pero he aquí otro problema. La claria sabe todo esto. Ya le digo, tiene ventaja desde el comienzo. Ella está clara de que su tiempo de vida es limitado, caduca en cuanto usted y tantos más en su posición, existen. Quizás eso explica que proliferen tanto y en tan variadas formas. Para el 2017, la firma Easy Solutions calculaba más de 80 millones de perfiles falsos en redes sociales, según una nota publicada en El Financiero.

Un año después Facebook comenzó a “verificar la identidad de las personas que administran las páginas con grandes audiencias”. Hasta que ahora, en 2020, hizo extensiva esta verificación a “los perfiles de usuario con muchos seguidores en EE. UU.”. ¿Qué hay de lo que se sale de este país? ¿Qué hay de las cuentas que no tienen muchos seguidores pero son falsas? Para darles seguimiento se han agrupado cubanos que pretenden y exhortan a poner al descubierto no solo a individuos que cometen el delito de usurpar la identidad de otros en redes sociales sino, las fallas y violaciones evidentes en un país carente de leyes y normas serias, coherentes con el desarrollo y uso responsable de las tecnologías y la información.

Son los creadores de la web CiberClarias.compor y para los cubanos alrededor de todo el mundo, que intenta denunciar la usurpación de identidad en redes sociales. Pese a que esta acción es considerada un delito y es penalizada además en muchísimos países, Cuba aún no contempla dicha práctica o incluso, medidas para castigarla en su código penal.

En la web liderada por Raúl Danglade encuentras alrededor de un centenar de perfiles falsos, de un lado la captura de pantalla de la red social y de otro lado la imagen real usurpada.  

Nada es más potente contra una claria que la existencia pública de la persona a la que usurpa imagen. Por eso, un trabajo completo de exterminio de clarias implica la presencia de usted en la mayor cantidad posible de redes sociales.

Yo, por ejemplo, me he abierto cuentas hasta en LinkedIn, por si acaso. Nunca se sabe por dónde te puedan atacar. ¿Te imaginas tu foto en un perfil profesional que diga que trabajas en Etecsa o en el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos o que ponga graduado de tal universidad —no pongamos en una escuela de cuadros, sino en una universidad prestigiosa, extranjera, de las que salen arribita en el ranking— y que un amigo o persona influyente se encuentre su foto con semejante mentira debajo. El amigo sabrá que es un mal chiste. Pero esa persona influyente pensará de inmediato que usted es tremendo mentiroso-inflador-doctorado-en-cuanta-materia. Y perderá usted un aliado.

Porque no es lo mismo que a usted lo escojan de claria y lo presenten como tal, que hacerlo/serlo por decisión propia. No es lo mismo, tampoco, ejercer el trabajo de ciberclaria por un sueldo y unos gigas. Ya si usted quiere ser claria por su cuenta y riesgo, es su problema. Y deberá empezar por reconocerlo: ¿qué hace usted a las tantas de la madrugada, derritiendo el paquete de datos que nadie le paga, metido en redes sociales, discutiendo todo, haciendo directas, metiéndose con cuanto movimiento humano exista? Y no es que nadie quiera que permanezca indiferente, pero… ¿qué hace usted desgastándose en discusiones cada vez más alejadas del Periodismo?

A usted, que no está especializado en los temas sobre los que discute, le puede fallar el corazón y… ¿quién le va a dar otro? ¿A usted lo han diagnosticado? ¿No? Pues lo voy a diagnosticar yo misma: usted —también— es una ciberclaria. Y si va a pelear conmigo, al menos muéstreme su pecho. ¿Usted hace ejercicios, va al gimnasio, está bueno? ¿Usted se quiere? ¿Usted puede dar la cara? ¿Usted necesita cariño? ¿Usted vale la pena o es simplemente ese sexo sin orgasmo, un training para mantener la forma, un tarro indeseado?

*Texto publicado originalmente en YucaByte

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PERIODISMO Y NO FICCIÓN

Leal, mirón de una ciudad desnuda*

Foto: Internet

Contar una ciudad. Desnudarla. Encontrar su poesía. Quizá sea ese el gran aporte de Eusebio Leal, el hombre que anda La Habana con cautela, sin prisas, como quien busca en ella, a cada instante, algo más. La ha descubierto con pasos de enamorado sobre la piel pavimentada hasta llegar a su corazón, garganta y vísceras. El ojo no ha sido el de un historiador cualquiera, sino el de un voyeur que le descifra los huesos, las várices, las úlceras, y también la sonrisa. El ojo de quien se ha ganado, «por sus aportes a la historiografía cubana», el Premio Nacional de Ciencias Sociales 2016.

Cuesta creer que ese voyeur ilustre, capaz de hablarle al oído durante horas, capaz de enamorarla con palabras complejas, haya obtenido el sexto grado en sus calles, a los tardíos 16 años. Cuesta creer que el hombre impoluto, que ahora viste de traje y es aclamado por universidades para entregarle títulos Honoris Causa, haya emprendido su viaje de forma autodidacta.

No ha sido sencillo, claro. Como retrata en el libro de estampas Fiñes (Editorial Boloña), la historia comenzó a partir de su infancia en La Habana, en las calles mil veces recorridas, en cada maravilla descubierta por su mirada de niño lleno de asombros, que siempre nos recuerda que el Caribe es realismo mágico.

En esta isla vio aflorar cosas que hoy nos parecen muy naturales, pero antes se juzgaban obras de magia: el hielo, el circo, la televisión. «Un día descubrí que los niños reservaban un tesoro más importante (que juguetes como un león de cartón, un arco, una flecha)», escribió luego Leal, en referencia directa a aquellas «obras de magia».

«Había un cuarto donde existía una biblioteca infantil. Y allí estaban los maravillosos tomitos que disfruté leyendo sobre el frío del suelo, antes de ir a la biblioteca pública de la Sociedad Económica de Amigos del País, no sin antes pasar por el misterioso portón, cubierto por el florido jazmín de cinco hojas, en la casa de Alfredo Ornedo, a quien esperábamos todas las tardes los fiñes para pedirle aquella especie de tributo que el que fue pobre alguna vez quería dar a los niños del barrio. Se abría el portón, pasaba aquel hombre de tez trigueña y pelo blanco, traje gris listado, y nos iba entregando los medios (cinco centavos) republicanos envueltos en un paquetico que todavía recuerdo…».

Más tarde, su predecesor Emilio Roig empezó a confiarle los secretos de La Habana cuando lo acogió entre los jóvenes interesados por la historia. Ello le abrió el camino para estudiar, en la Colina universitaria, la Licenciatura que lo llevaría a convertirse, varios años después, en historiador de la ciudad.

Eusebio ha hecho honor al título, pero no de una forma estridente. Lo ha estado haciendo desde la libertad de las sombras porque, cuando se apaga el Sol en la ciudad, se encienden los edificios, las alamedas y los parques restaurados por él y su equipo, bajo el sello de la Oficina del Historiador.

Sin embargo, inútil sería, sin insistir en su construcción simbólica de bienes culturales, exaltar los logros en materia cultural del también Maestro en Ciencias Arqueológicas y en Estudios sobre América Latina, el Caribe y Cuba. Si deslumbrante resulta la obra de restauración y conservación del patrimonio citadino que transformó a La Habana en Ciudad Maravilla 2016, insoslayable ha sido, por muchos años, la voz que cuenta La Habana y todos escuchamos.

Asimismo están los libros de Eusebio. Regresar en el tiempoDetén el paso, caminanteVerba Volant y, especialmente, el proyecto presentado entre la Oficina del Historiador de La Habana y Google hace muy poco tiempo: un documental sobre José Martí en 3D.

Eso no es todo, por supuesto… una vida y obra tan amplia y sólida no puede ser escrutada en unos pocos párrafos. Su hoja de vida está en internet para verificar fechas, premios, homenajes. Seguramente allí pueden leerse su trayectoria, sus cargos públicos e, incluso, una sarta de referencias tomadas de entrevistas, programas televisivos, artículos y libros.

Lo que no dirán es que Eusebio, miembro de la Academia Cubana de la Lengua, ha tenido una especie de llave mágica para abrir la ciudad y, desde muy adentro, observarla. Como un voyeur que no quiere violar algo sagrado, pero al propio tiempo adivina, con visión entrenada, lo más intrincado de sus cavidades. Como un Mirón (griego) frente a la ciudad desnuda que, a través del Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas, distingue «una obra vital en la restauración y la historiografía del patrimonio cultural cubano».

Foto: Roberto Suárez

*Texto publicado originalmente en Juventud Rebelde

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